Hamburgo

 

Hamburgo era un perro mestizo, negro y muy inteligente. Los niños decían que entendía español.

Todos los días, Hamburgo esperaba a sus dueños en la parada de autobús, eran 3 niños que llegaban del colegio y el perro sabía a qué hora debía salir de la casa para llegar puntual a la parada.

-Mamá, ¿Hamburgo sabe leer la hora del reloj?

-No creo, debe ser que calcula el tiempo en su cabeza. –contestó Candelaria.

Candelaria, y otras madres del barrio, organizaron una excursión para la playa. En aquella época no existía la autopista, la vía hacia La Guaira era la carretera. Ellos planeaban irse a pie, llegar a la playa, bañarse y regresar en autobús.

Los niños iban despegados, caminando y corriendo a ratos, las madres iban detrás conversando. Hamburgo se había unido a la excursión y estaba muy emocionado yendo y viniendo de un grupo de excursionistas a otro. En algún punto el perro se adelantó a todos.

Cuando Candelaria y los niños llegaron a donde estaba Hamburgo se encontraron con un problemón: Hamburgo había mordido a un chivo y el dueño estaba muy bravo.

El señor le reclamaba a Candelaria el costo del chivo, porque según él, lo tenía que sacrificar. Pero Candelaria argumentaba que él lo iba a aprovechar, así que ella no tenía por qué pagar el chivo. Los niños decían que el chivo seguramente atacó a Hamburgo, porque él era un perro tranquilo que no mordía, así que no había culpable.

Inexplicablemente, Candelaria y el señor llegaron a un acuerdo insólito: El dueño del chivo se iba a quedar con Hamburgo, por las molestias causadas.

Los niños comenzaron a llorar.

Pero no hubo nada que pudieran hacer, el trato estaba hecho. En aquella época los niños no cuestionaban a los adultos. Pero sí lloraron mucho, mientras veían cómo amarraban a Hamburgo a un palo.

Finalmente, llegaron a la playa, se bañaron y comieron todo lo que llevaron las mujeres, cuando ya estaban preparando el regreso, oyeron unos ladridos.

Era Hamburgo.

Se había desatado, y había seguido el rastro de los niños hasta la playa.

De pronto, estalló la alegría, los niños lo abrazaban y lo besaban. Hamburgo ladraba y chillaba.

El perro tenía las patas ensangrentadas, se había hecho mucho daño, pero los consiguió.

La aventura no terminaba, porque Candelaria no sabía que en el autobús no estaba permitido subir perros. Así que se encontraron en La Guaira, tarde, cansados y sin saber cómo regresar con Hamburgo.

Un señor con una camioneta pick up fue la salvación, le pidieron el favor que llevara al perro en la parte de atrás y que lo soltara en la esquina de Gato Negro. El señor aceptó.

Ellos subieron al autobús.

-Mamá, ¿y si el señor no suelta a Hamburgo?

- ¿Por qué va a hacer eso?

- Bueno, porque a lo mejor se da cuenta que Hamburgo entiende español, sabe la hora y todo eso.

-No te preocupes, él nos encontraría otra vez.

Pero no, el perro no tuvo que emprender otra travesía, el señor de la pick up cumplió su palabra. Candelaria y los niños consiguieron a Hamburgo esperándolos en la casa.

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